Han pasado 8722 días
2/5/02 1:26
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A propósito de la lectura se han escrito muchas estupideces que, posteriormente, han ido a parar a manos de un lector y, de este modo, han corrido a incrementar la nómina. No pretendo pasar a formar parte del círculo pero, al ser un asunto que de alguna manera me preocupa, me decido a improvisar una opinión. La reflexión, tal vez, es que coincido con Daniel Pennac [novelista con el que, paradójicamente, no comulgo] en que el daño más notable que sufre el lector es la presentación de la lectura como dogma y como imposición. Resulta curioso que los padres que reiteran a sus hijos la obligación de leer no tienen reparos en hacerlo desde el sofá ante su programa de televisión favorito. No voy a repetir con otros términos lo que el profesor francés explicó con precisión docente en Como una novela, Anagrama. 1993. El libro, por cierto, fue un éxito de ventas.
Lo que pretendo con estas líneas es iniciar una reflexión sobre los profundos cambios que afectan a los procesos de la lectura [en realidad a los de la comunicación en su sentido más amplio] y fijar la atención en el hecho de que, tal vez, nos hallemos en la fase embrionaria de un nuevo lenguaje cuyo contenido apenas intuimos. Me interesa, en particular, aquello que afecta al aprendizaje porque imperceptiblemente hemos cambiado el oído por el ojo y desciframos el código visual con mayor riqueza de matices que el escrito.
El renacuajo lo tomé prestado de una de las láminas que ilustran los Elementos de Zoología de Laureano Pérez Arcas. Madrid. Imprenta de Fortanet, calle de la Libertad, 29. 1886.
Escrito por txema
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1/5/02 18:30
lástimas
Por Juan Gelman
Estados Unidos tiene un Poder Ejecutivo de lujo. Lujoso, mejor dicho. Según un prolijo estudio que el Center for Public Integrity (CPI) -organismo no gubernamental independiente- llevó a cabo a lo largo de seis meses, el promedio de la riqueza personal de los miembros del gabinete -Bush hijo y Dick Cheney incluidos- oscila entre 9,3 y 27,3 millones de dólares per cápita, casi diez veces superior al de la administración Clinton. El CPI analizó las finanzas y los haberes de los cien funcionarios de mayor jerarquía del país -presidente y vice, secretarios, vicesecretarios y subsecretarios de Estado, directores de entidades autónomas y miembros de la oficina presidencial- y llegó a la siguiente conclusión: el promedio de la fortuna personal de cada uno de ellos va de 3,7 a 12 millones de dólares. No parece poca plata ni es casual: todos están vinculados con las grandes corporaciones estadounidenses; el 34 por ciento procede directamente de ellas y el 16 por ciento pertenece a firmas jurídicas y/o dedicadas a cultivar los negocios de pasillo en la Casa Blanca y el Capitolio.
Escrito por txema
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